Lucio Capalbo
En las últimas décadas, y especialmente a partir de la Segunda Conferencia de Naciones Unidas para el Ambiente y el Desarrollo, habida en Río de Janeiro en 1992, el tema ambiental comenzó a estar en todas las agendas políticas, en los medios masivos, en la educación e incluso en el discurso empresarial, por no hablar de muchísimas ONGs.
Sin embargo, desde el punto de vista que sustentamos, inspirado en los estudios de la fe bahá’í, el abordaje que se ha dado al tema del desarrollo sustentable es pobre y definitivamente insuficiente. Para la gran mayoría de los decisores y actores políticos y actores sociales, la cuestión de la sostenibilidad es una cuestión meramente técnica. Se trata de seguir produciendo y consumiendo con un ritmo igual o incluso superior al actual, pero hacerlo en forma limpia, es decir, usando energías limpias y renovables, haciendo tratamientos de efluentes tóxicos, reciclando todo lo posible y demás estrategias tecnológicas. El concepto subyacente es que el desarrollo, entendido como crecimiento económico, no puede ser abandonado, ya que es la base del progreso y el bienestar humano.
Bahá’u’lláh (1817-1892), profeta fundador de la fe Bahá’í, ya en ese entonces afirmó que, “de llevarse al exceso, la civilización será fuente tan prolífica del mal como lo es del bien cuando es mantenida dentro de los límites de la moderación”. Nuestra civilización es altamente materialista e intenta, animada por el lucro, desarrollar tecnologías ilimitadamente incluyendo aquellas que pudieran librarnos de los males que genera.
Pero todo indica que el actual modelo de desarrollo jamás será sustentable si no procura moderación sacrificando su núcleo de crecimiento económico ilimitado. Además, debe advertirse que ese crecimiento económico sólo se lo apropia una quinta parte de la humanidad y que la desigualdad aumenta día a día. Hoy menos de 100 empresas transnacionales y grandes megamillonarios concentran tanta riqueza como la mitad más pobre de la humanidad. Y así y todo, con esta pequeña fracción de altísimo consumo, personas que se adaptan al marco conceptual materialista, el planeta ya da señales de una inminente crisis ambiental y posterior colapso civilizatorio.
De hecho, el cambio climático, con sus tremendas consecuencias sobre la atmosféra y la intensificación de los fenómenos meteorológicos extremos, la subida del nivel de las aguas por derretimiento de hielos continentales, la pérdida de áreas cultivables, la generación, por lo tanto, de hambrunas, la liberación de nuevos vectores infecciosos y la extinción de especies que no alcanzan a adaptarse a la nueva climatología, amenaza con provocar la sexta extinción masiva de especies. Geológicamente se sabe que hubo otras cinco, pero esta es la primera de origen antrópico.
Además, debe considerarse la amenaza del agotamiento de los recursos energéticos convencionales. Cuando el petróleo resulte escaso y haya carestía del mismo, no solo el modelo energético, sino la producción agrícola debido a la producción y operación de maquinaria, el uso de agrotóxicos y el transporte, se derrumbarán produciendo hambrunas de escala planetaria.
El desarrollo de energías limpias renovables, a todas luces no llega a tiempo a revertir el daño provocado y a pesar de que hace más de 40 años que se promulgan medidas tales como el reciclado, la temperatura media mundial, las áreas desertificadas, deforestadas, los niveles de contaminación del aire y del agua, las islas de basura en los océanos y tantos otros indicadores no cesan de aumentar.
Por lo tanto, la verdadera y única respuesta profunda a esta situación inédita es el cambio de las instituciones mundiales y nacionales, que a su vez requiere de una transformación de los modelos mentales, de los valores y la aplicación de principios espirituales.
Podemos conceptualizar el sistema mundo en una pirámide de tres niveles. En la base, los sistemas físicos y ambientales que están mostrando un rápido deterioro llevando a nuestra civilización a un colapso. En un segundo nivel, los sistemas sociopolíticos y las instituciones que originan todo ese daño ambiental. Las mismas son las grandes empresas con propósito de lucro que producen y tratan de vender ilimitadamente a través del sistema publicitario, que no producen solo lo necesario, sino todo aquello que pueda ser demandado y pueda acrecentar sus ganancias. En el tercer nivel debemos ubicar los modelos mentales o sistemas de pensamiento, la cultura y los valores de una sociedad. Los gobiernos son conniventes con este modelo de acumulación y con el sistema capitalista y materialista, o en el caso de no serlo, son impotentes para regular mercados que siendo mundiales escapan a su jurisdicción.
La única estrategia de cambio viable es transformar los sistemas de valores y culturales, y desde allí concebir nuevas instituciones que orienten a una sociedad no consumista ni materialista, sino centrada en valores humanos y espirituales. Tal como decía el escritor francés François Nouveau, el gran desafío de la humanidad no es el ambiente, ni el hambre, ni la educación, ni la salud, ni la pobreza, ni la guerra, sino el encontrar nuevas instituciones capaces de dar solución a todo ello.
Jesús decía, “vino nuevo en odres nuevos”. Felizmente, y a pesar de los procesos desintegrativos de la sociedad, ese “vino nuevo” ya circula en muchos procesos innovadores en el contexto de la sociedad civil. Los bahá’ís creemos que esas energías han sido liberadas por Bahá’u’lláh y que muchas personas, sea consciente o inconscientemente, ya se enfocan en un trabajo constructivo de una nueva sociedad inspirada en estos valores. Nacen instituciones no competitivas, no de lucha y división, no de conflicto, sino cooperativas y solidarias, con equidad y armonía entre sus miembros y entre ellas, conscientes de ser parte de un sistema mayor.
Sólo esas nuevas formaciones e instituciones sociales basadas en el principio de unidad en diversidad, la justicia, la reciprocidad y la empatía serán capaces de poner en práctica los principios espirituales y dar inicio a una nueva era, aquella era soñada por visionarios y profetas de todos los tiempos, la edad en que las espadas serán convertidas en arados.
La transición a esa civilización planetaria unida en diversidad, caracterizada por la cooperación y solidaridad entre todos los pueblos, que se consideren a sí mismos partes de una única familia humana habitando una única casa-tierra, no parece ser sencilla. Sin duda, ya es y será aún mucho más turbulenta. Calamidades imprevistas nos esperan no solamente desde una perspectiva ambiental, sino también desde una perspectiva bélica, económica, social y psicológica. Momentos de gran oscuridad se ciernen sobre el género humano. Sin embargo, sabemos que al final del túnel está la luz, y más allá de las nubes que oscurecen el horizonte, brilla el sol. Los baha’is, junto con muchas otras organizaciones con valores y modos de acción similares estamos trabajando denodadamente para acortar y aliviar esa transición. Cuanto más rápidamente aunemos nuestras fuerzas para cooperar en nuevas organizaciones de hermandad, de armonía, de unidad en diversidad, menos serán los sufrimientos que tendremos que atravesar.
Pero, una vez más, debemos escuchar y aplicar lo que nos dice la Casa Universal de Justicia, máximo organismo mundial de la fe bahá’í: “si el desarrollo no va más allá de sus aspectos materiales fracasará incluso en eso.” Habrá dolores, sí, pero serán dolores de parto. Nuevos desafíos serán resueltos finalmente por la inteligencia colectiva de la humanidad. Y así el advenimiento de una civilización planetaria pacífica y unida se hará posible conformando de una nueva mancomunidad de naciones con fuerte protagonismo de la sociedad civil, donde todos los credos, razas, etnias y grupos colaborarán en la construcción permanente de su destino común.
Lucio Capalbo es ingeniero, especialista en energías limpias
y renovables y maestría en desarrollo social. Coordinador técnico
de la Fundación UNIDA. Es miembro de la comunidad bahá’í
de Buenos Aires..