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La pandemia y nuestro futuro colectivo

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19 julio, 2020

Autora: Bahia Silvestre

A comienzos de este 2020, nadie hubiese imaginado lo que nos esperaba por delante. A casi seis meses del comienzo de la cuarentena, parecería que la pandemia mundial llegó para quedarse. E indudablemente, para enseñarnos algo.

Tomando un poco de perspectiva, no puede dejar de asombrarnos el hecho de que, aunque ya ha habido innumerables pandemias antes –y muchas de ellas incluso más prolongadas y letales- la pandemia del covid19 es la primera en ostentar el título de “mundial”. Por primera vez en la historia, la humanidad toda se vio afectada al mismo tiempo y por –valga la metáfora- los mismos síntomas. Ni siquiera el yugo de dos guerras mundiales –me atrevo a aventurar- habían logrado semejante parálisis generalizada. Hubieron de pasar tres cuartos de siglo desde el final de la última de ellas para que una humanidad frenética y compulsiva viera detenerse el mundo de la noche a la mañana. Y aquí seguimos, atrincherados en esta suerte de limbo temporal que es el 2020, tratando de asimilar nuestra perplejidad y comprender cómo salimos de esta nueva “tierra de nadie”.

Si algo nos ha dado la pandemia y, junto con ella, la cuarentena estricta, es tiempo. Tiempo para meditar cómo algo que comenzó en un recóndito rincón del globo pudo en cuestión de semanas extenderse para abarcar al planeta entero. Tiempo para re-definir nuestra escala de prioridades y permitirnos valorar esas pequeñas cosas, como el dar un abrazo o compartir un mate, que ahora parecen impensadas. Tiempo para sopesar los pros y contras de esta llamada “nueva normalidad”. Tiempo para reflexionar por qué estamos acá y hacia dónde vamos. Y, sobre todo, tiempo para descubrir algunos aprendizajes que esta nueva revolución copernicana nos ha brindado.

La pandemia ha borrado con increíble rapidez todas las fronteras y a su paso ha barrido con múltiples de las certezas sobre las cuales hemos construido nuestra (“vieja”) normalidad, esa que se ha visto sacudida hasta sus cimientos y está hoy en peligro de extinción. Y es que, si de legados se trata, el covid19 nos ha empujado a reconocer nuestra creciente interdependencia como una sola gran familia humana. Vista bajo la luz que arroja la Fe Bahá’í, la situación sanitaria actual no es más que una evidencia contundente de la unidad fundamental de la humanidad, proclamada por Bahá’u’lláh hace poco más de 150 años atrás.

En efecto –y nunca antes con tanta relevancia como hoy- Bahá’u’lláh, El último en esta serie de Manifestaciones Divinas que comprenden la Revelación Progresiva de Dios, comparó a la humanidad con un cuerpo humano individual, cuyo funcionamiento dinámico y saludable comprende necesariamente la cooperación de millones de células y decenas de órganos interconectados. Así como en cada uno de nuestros cuerpos, la salud y el bienestar son la expresión de la profunda interdependencia y colaboración de cada parte integrante, la prosperidad y el progreso de la humanidad dependen del reconocimiento de su unidad fundamental, una unidad potenciada por la diversidad de sus innumerables elementos (naciones, culturas y lenguas) constituyentes.

Tal principio, eje y pilar sobre el cual giran todas las enseñanzas reveladas por Bahá’u’lláh para la época actual, permite resignificar los efectos inicialmente devastadores de la pandemia y nos anima a actuar desde un nuevo lugar desde el cual trazar, con confianza y resolución, el destino colectivo de una humanidad unificada en todos sus aspectos, materiales y espirituales, económicos, políticos y sociales.

De la misma manera en que tiñe de una nueva luz la realidad actual, la Revelación de Bahá’u’lláh permite reinterpretar la historia como un proceso, lento y gradual, orgánico y constante, de incesante crecimiento en el que cual la humanidad, al igual que un ser humano individual, va atravesando diferentes etapas comparables a la niñez, la adolescencia y la adultez. El inconfundible anuncio que elevó Bahá’u’lláh menos de dos siglos atrás fue el de la inminente llegada de la humanidad, como un solo cuerpo y con una sola historia y destino en común, a su mayoría de edad. El hito que nos permitirá alcanzar, de una vez y para siempre, dicha madurez colectiva, es nada más y nada menos que nuestra unificación mundial.
Por ello, en momentos donde la soledad de la cuarentena y la penumbra del futuro incierto nos abruma, la conciencia de este glorioso destino, el de una humanidad espiritual y materialmente unida en su diversidad, al que irresistiblemente todas las fuerzas de la historia nos conducen, nos permite interpretar bajo una nueva luz el presente panorama actual y encontrar renovada esperanza y sentido de propósito en el seno de una pandemia que, de otra forma, se reduce a un insoportable sentimiento de impotencia individual y languidez social.

Tal vez, una de las mayores herencias del covid19 es el darnos cuenta de que nuestras vidas individuales están inexorablemente unidas al destino colectivo de la humanidad toda. Esto, por supuesto, era una lección bien aprendida por civilizaciones pasadas, que el paso de los siglos y el frenesí de la modernidad pareció desgastar hasta el olvido. La pandemia nos obliga a reconocer que nuestro sentido de propósito debe abarcar tanto nuestro propio crecimiento como el progreso de la sociedad en su conjunto, y tal propósito no puede encontrar forma ni expresión si no es a través del servicio desinteresado a la humanidad. En palabras de ‘Abdu’l-Bahá, hijo mayor del Profeta Fundador de la Fe Bahá’í:

«Y el honor y distinción de la persona consisten en que, de entre toda la muchedumbre del mundo, se convierta en una fuente de bien social. ¿Hay merced concebible mayor que ésta, que el hecho de que una persona, mirando dentro de sí, encuentre que por medio de la gracia confirmadora de Dios se ha convertido en la causa de la paz y bienestar, de la felicidad y adelanto de sus congéneres?»

¡Qué distinto sería el mundo post covid19 si el servicio fuese el eje rector de la “nueva normalidad”! ¡Cuánto habríamos de avanzar si durante y al término de esta cuarentena pudiésemos dedicar nuestros tiempos y energías al progreso material y espiritual de nuestras comunidades!

Esta nueva coyuntura global nos impone pues el desafío de comprender que ya no se trata de “nosotros” y “ellos”, sino que no puede haber un “yo” sin “nosotros”, y que la conciencia de nuestra unicidad fundamental no puede sino impulsarnos a tomar parte activa en la construcción de un nuevo orden mundial en consonancia con las necesidades de la época en que vivimos.

Así pues, de las cenizas de los supuestos, hábitos y certezas que perecieron al compás del avance mundial del coronavirus bien podría renacer una civilización global, espiritual y materialmente unida, cuyo advenimiento –aunque certero- dependerá en gran medida de la forma y dirección en que reacomodemos nuestras vidas individuales y colectivas.

Al final del día, es nuestro derecho decidir si queremos ver la pandemia como un escollo paralizante que pone en jaque nuestras viejas costumbres y estructuras, o como una oportunidad inigualable de reconstruir un mundo quebrantado y dejar una huella imperecedera en esta etapa culminante de nuestra evolución como una sola familia humana.

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